Brighdella rodó los ojos cuando el muchacho rubio de la entrada ni siquiera volteó a mirarlo y se limitó a extender la mano para recibir el pago por la entrada al sitio. El albino chasqueó la lengua y miró al chico por dos segundos antes de decir, con voz gutural y fría:
—No voy a pagarte un centavo, Lelio. —El muchacho reaccionó a la voz de Brighella con la misma rapidez con que reacciona un soldado a la voz de su general. Lelio, literalmente, se puso de pie con un salto, con la espalda derecha y bien rígida, el mentón elevado y los ojos puestos en los rojizos del mayor.
—A-amo Brighella—tartamudeó, intentado sonreír a su vez—. No sabía que...que llegaría hoy...
—Agustine...—rumió el albino, harto ya de absolutamente todo. Estaba harto de Córsega, harto de Crystal y sobre todas las cosas, harto de "Sebastian".
Lelio salió disparado al interior del lugar en cuanto Brighella pronunciara ese nombre. Tindra, detrás de él, estaba muy callada y con la misma expresión que un perro recién azotado por su amo. Y es que no era para menos después de lo que había sucedido, ella sabía que Brighella estaba furioso y no tenía la más remota idea de qué hacer para disculparse. Subió los ojos por la espalda del Ángel y seguidamente los dirigió al letrero de neón que brillaba intensamente sobre la cabeza del albino. Carnal, decía, y Tindra no pudo hacer menos que fruncir el ceño con extrañeza.
En comparación con la iglesia, el claustro y la casita a la que habían acudido antes como puntos de encuentro de la Casa Madre, ese sitio lo parecía todo menos un sitio "normal".
—Brighdella, cariño, enviaré a que flagelen hasta el hartazgo a este idiota por hacerte esperar como si fueses una cualquiera—dijo una pastelosa voz de mujer. Tindra bajó la mirada y pudo ver delante de ella a una mujer que sólo podía ser descrita bajo el calificativo de extravagante. Ella ya conocía a Córsega, a Rain, a Orpheus y a Cruor y sabía que todas las personas que tuvieran algo que ver con Brighdella eran el monumento a la extrema androginia. Todos eran hermosos, inhumanamente hermosos, y definir su sexo era algo sencillamente imposible. Pero no pasaba eso con aquella nueva mujer.
—Agustine...—repitió Brighdella en el momento mismo en que los brazos largos y delgados le rodearon el cuello en un estrecho abrazo. Agustine le mostró una perfeca sonrisa de dientes blancos enmarcada por un labial rojo intenso. Su piel morena se pegó a la blanca del Ángel y los dedos con uñas color carmín acariciaron sin pudor alguno la espalda del otro.
Agustine tenía grandes pechos, una cintura pequeña y caderas candesiosas. Sus ojos eran grandes y negros como los de un venado y el cabello negro y ondulado le caía por la espalda adornado de perlas y piedritas multicolores. Tindra la miró proceder con verdadero asombro, ella besó el cuello del albino con la misma confianza como si hubiesen sido amantes de toda una vida; le pasó la lengua por la clavícula y después le plantó un beso en los labios siguiéndose de una sonrisa. Brighdella sonrió, para la soberana sorpresa de la sueca que no sabía si el retortijon en su estómago se debía a la indignación o a la repugnancia que le produjo Agustine. No importaba, porque el Ángel había pasado, para entonces, su brazo por la cintura de la morena y, con una sonrisa de lado le pidió, medio en susurro, que con un demonio lo llevara a una maldita habitación.
Agustine rió con su aterciopelado tono de voz y asintió.
—¿Y quién es este? —preguntó, señalando a Tindra con un despectivo movimiento de cabeza. Brighdella miró de reojo por encima de su hombro y, acomodandose el cabello blanco tras la oreja, le dijo que venía con él, que le dejara pasar.
Tindra se sintió indignada, ofendida, él ni siquiera había tenido la descencia de presentarla. Él jamás había hecho algo parecido. Desganado y todo, a regañadientes y más por obligación que por ganas, el Ángel del Exterminio le había presentado a todos los miembros de Judas Iscariote que había estado conociendo con el tiempo. Al menos con su despectivo "Me lo encontré en el camino", pero ahora ni eso.
Agustine tampoco preguntó nada más y, abrazando a Brighdella, pegándosele tanto como le era fisicamente posible, ambos entraron al edificio sin siquiera mirarla, fue Lelio quien, con una sonrisa tímida, le dijo que pasara y que era bienvenida.
—¿Es amigo del amo?—preguntó el rubio, ofrenciendole el brazo; ella, inconscientemente, se aferró de él.
—No...—respondió, molesta. Lelio rió bajito.
Cuando cruzó la puerta, pensó que no podía existir en la tierra lugar más excéntrico y extraño que Carnal, como anunciaba el letrero de neón que brillaba afuera. El lugar estaba lejos del área turística o de la zona donde habitaban los millonarios empresarios atenienses; estaba oculto entre un laberinto de calles y altos edificios grises, irguiéndose orgulloso entre ellos, contrastando totalmente con el paisaje urbano. En un pasado, sin duda, fue una mansión de algún aristocrático muy rico y exuberante, con sus paredes lisas, blancas y con altos ventanales. Iluminada por luces de neón multicolores y con la música ondulante que escurría por las paredes desde el interior de la mansión.
Esperando encontrar la típica imagen de un cabaret que, creyó, iban acorde con la personalidad de Agustine; pero Tindra se topó con la sorpresa de que dentro había algo que se le antojó como el pub más lujoso que viera en toda su vida; sin embargo, la rara atmósfera que pululaba dentro la hizo contener un estremecimiento.
Entornó los ojos y paseó la mirada por cada rincón del paisaje semi en penumbras, intentando reconocer a Brighdella en la multitud; pero el constatar que las personas eran tan inverosímiles como Carnal mismo, la hizo perder concentración y fijarse en los detalles.
La luz no era brillante, más bien era mortecina; los focos se debatían entre el rojo y el naranja, contrastando con aquellos de luz blanca que se encontraban dispersos. Había cómodos sillones dispersos alrededor de la pista de baile, que era pequeña y no estaba realmente siendo usada; toda la gente estaba dispersa, sentada en los sillones o en la barra al fondo del bar, mientras los camareros iban y venían con bebidas y botellas de múltiples formas y colores. Todas las personas tenían un aura de dinero y sofisticación que no terminaba de ajustarse a su apariencia; parecían personas normales, definitivamente no eran parte de Judas Iscariote porque a todos ellos podía distinguirseles su sexo con facilidad y ninguno poseía belleza alguna, al menos no belleza típica de la orden. Pero Tindra no terminaba de decidir qué era lo que no cuadraba ahí.
Su llegada había parecido despertar curiosidad; los hombres lo miraban con disimulo y las mujeres la evaluaban. Reconoció todas aquellas miradas evaluadoras de hombres estúpidamente ansiosos . Todas aquellas sonrisas felinas de mujeres ansiosas de lo mismo. Todos con un brillo en sus ojos que interpretó como “carne fresca y nueva”. Quizá otra persona no habría captado esas señales tan sutiles, pero ella fue perfectamente capaz de darse cuenta que la curiosidad suscitada se debía a que, aunque fuera de vista, todos se conocían.
—Son hijos de Caín, la gran mayoría—murmuró Lelio, guiándola por el salón hacia uno de los rincones que daba justo delante del pequeño escenario montado en la pista, donde había instrumentos olvidados.
—¿Saben de ustedes?—Lelio negó con la cabeza.
—La mayoría sólo viene aquí por el amo Agustine. Les gusta lo que hace, se sienten atraídos por el misterio; algunos son hijos de Seth que buscan algo diferente... y a otros más sólo les gusta el sexo. — El rubio se rió al decir lo último y, zafándose del brazo de Tindra, desapareció rápidamente en la multitud.
Ahora, los fragmentos accontinuación pertenecen a esta segunda parte con la participación de Córcega, segundo al mando de la Orden Judas Iscariote (xD) y Rain, el Investigador estrella de la Orden. Son ellos una de las pocas parejas homosexuales de la historia y, sin duda, una de mis preferidas. Tienen una relación medio complicada y siempre dejan a nuestro protagonista, Brighdella, desplazado de su protagonismo, jeje.
1.
Córcega levantó el rostro justo en el momento en que su intuición le indicó que Rain estaba cerca. Él estaba parado en la puerta, mascando chicle y mirándolo con la misma expresión de una escultura de mármol. Llevaba los audífonos puestos y el sonido de la batería le llegaba hasta los oídos. Miró a Brighdella, que permanecía con los ojos puestos en algún punto perdido del paisaje tras la ventana y después, casi por obligación, miró a los gemelos que cuchicheaban en el rincón.
Inconscientemente lo había estado evitando. Rain había estado buscándolo para “hablar” sobre el combate pero él lo evadía. Pero al verlo ahí, parado justo en medio del gran arco apuntado y con los ojos puestos sobre él, sintió las ganas irrefrenables de correr a abrazarlo, besarlo, tocarlo y…Córcega, eres un pervertido. Le sonrió y se puso de pie de un brinco, evitando por todos los medios mostrarse demasiado entusiasmado, aunque, por supuesto, todos sus esfuerzos fueron en vano y prácticamente se lanzó contra el Investigador, rodeándole el cuello con los brazos.
—Te amo, ¿sabes? —dijo con tono cantarín. Por toda respuesta, Rain hizo una bomba con su goma y la tronó con más fuerza de la común.
El griego se separó y miró largamente al otro ángel. Él tenía las cejas fruncidas y mascaba rápido, moviendo la mandíbula de manera exagerada. Quizás estaba preocupado. Quizás la distancia que Córcega había puesto entre ambos le atormentaba tanto como a él
2.
Córcega se sintió humillado. Con los brazos extendidos, las piernas separadas y colgado medio metro por encima del suelo, estaba totalmente expuesto a los ataques del Ángel del Exterminio. Él estaba ahí de pie frente a él sonriendo con suficiencia y anticipándose a su triunfo ahora indiscutible. Quiso mirar a Rain, quería llevarse su rostro como la última imagen de su vida, pero el Investigador había tomado asiento junto a Gretel y ahora estaba ubicado justo detrás de él. Los hilos que lo mantenían preso, rodeaban su cuello obligándolo a mantener el rostro viendo al frente, evitando que mirara a su Investigador.
Aphrodite dio unos pasos al frente, quedando cara a cara con el albino que estaba estupefacto en su sitio, se inclinó para tomar uno de los cuchillos de Phenix, que había quedado tirado ahí y clavó la mirada en Brighdella. Le sonrió. Brighdella se estremeció. El Ángel dio media vuelta y se acercó con tortuosa lentitud, cuando estuvo lo suficientemente cerca del griego, se lamió los labios y volvió a sonreír de manera perturbadora.
—Estúpido exceso de confianza—le dijo, asintiendo a su vez. Córcega sólo abrió los ojos al verse atacado con las mismas palabras que Aphrodite le dijera tan sólo un año antes.
—No puedo morir—pensó el castaño, cerrando los ojos con toda su fuerza—. Tengo que cuidar de Rain…tengo que decirle que lo amo.
Aphrodite volvió a dar media vuelta, mirando intensamente al albino que seguía sin poder separar los ojos de su amigo de cabello rizado. Estaba estupefacto y le daba la impresión de que el Ángel quería que continuara mirando, era una especie de golpiza psicológica lo que estaba haciendo el rubio ángel.
Pasaron dos segundos más y al dar media vuelta, con el brazo bien extendido, el filo del cuchillo atravesó de extremo a extremo todo el torso de Córcega, abriendo un profundo tajo que de inmediato comenzó a sangrar profusamente. El castaño emitió un gimoteo y después tosió sangre, la vista se le nublo y se sintió mareado.
—Te amo, te amo, te amo…—Por la divinidad del Supremo, que Rain tuviera la capacidad de leerle el pensamiento, rogaba él.
Rain, tieso en su lugar, tenía la boca abierta y el chicle que mascaba se le había caído sobre la falda. La fuerte mano de Gretel estaba puesta sobre su hombro evitando que se pusiera de pie. El labio perforado y atravesado por la alianza de oro, le tembló de forma incontrolable y de repente un sabor salado le inundó el paladar. Entonces, sólo entonces, se dio cuenta que lloraba y todo él temblaba.
Eso no estaba pasando, tenía que ser una pesadilla. Córcega no podía morir. Córcega tenía que ganar, Córcega tenía que ser el nuevo Ángel del Exterminio. No podía…NO DEBÍA morir.
Aphrodite chasqueó los dedos y sus hilos desaparecieron como arrastrados por el viento. El cuerpo de Córcega cayó al suelo como peso muerto, azotando dolorosamente el rostro en las losetas. Su cuerpo del griego se convulsionó ligeramente y luego quedó totalmente inerte ante la mirada de todo Judas Iscariote.
Córcega había perdido. Córcega estaba muerto.
3.
Córcega despertó al poco rato y se preguntó si ese sitio sería el Cielo o el Infierno. A los pocos segundos se dio cuenta que ni uno ni otro, esa era su habitación. Intentó sentarse, pero un relámpago de dolor le atravesó el cuerpo, obligándolo a abandonar el osado intento y soltar un quejido.
—Imbécil—escuchó decir a la voz de Brighdella. Giró el rostro y lo miró, él estaba sentado en el sofá junto a su cama, con las manos entrelazadas y el mentón apoyado en ellas mirándolo severamente. Córcega elevó una ceja, confundido. Él debería estar muerto, Aphrodite lo había asesinado ¿no?
Leyendo sus preguntas, Brighdella suspiró y se puso de pie, caminó por la habitación unos segundos y luego se sentó otra vez.
—Gané—dijo, sin poder creérselo ni él mismo—. Cuando creí que Aphrodite te había… yo enloquecí, Córcega…no podía creerlo…yo...
—¡Lo mataste! —exclamó en voz baja, subiendo las cejas por la sorpresa. El albino asintió y luego miró en dirección a la puerta, como si quisiera que alguien, de pronto, apareciera ahí.
—Por algún motivo, la herida que él te hizo no fue mortal, perdiste mucha sangre y estarás algo debilitado, pero el Supremo dijo que estarías bien pronto.
—¿Por qué él no…?—murmuró, confuso.
—No lo sé—interrumpió el albino, encogiendo los hombros y mirándolo a los ojos. No tenía la mínima idea de por qué Aphrodite lo había dejado con vida.
—¿Rain? —preguntó entonces, ahora sustituyendo su confusión por premura.
—Lo llamaré—dijo, entonces, poniéndose de pie. Antes de salir, el griego lo vio llamar a Susana y Raoul, les ordenó ayudarle a sentarse y salió de la habitación.
Pasaron los minutos y Rain no aparecía. Brighdella tampoco volvió. Preocupado, mandó a los dos sirvientes a buscar a su marido, pero antes de que ellos pudiesen salir a cumplir la orden, el investigador apareció en el umbral de entrada. Prudentemente, los dos niños abandonaron la habitación dejándolos solos.
—Cariño…—empezó a decir Córcega cuando Rain se acercó a él, pero no acabó de decir lo que fuera que iba a decir cuando el Investigador lo abofeteó con tanta fuerza que los oídos le zumbaron y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tampoco fue capaz de reclamar nada, porque el pelinegro ya se había ido cuando él volvió a girar el rostro en el lugar en el que había estado antes su marido.
4.
Necesitaba ver a Córcega. Sentía que podía morir si no le tenía de inmediato entre sus brazos, la única compensación posible —absoluta, infinita— para todo lo ocurrido, pero no se inmutó ante la necesidad imperiosa de correr con el Supremo y rogarle que enviara a sus cuervos a buscarle; sino que continuó mascando su chicle y tecleando con tanta fuerza y velocidad que el mismo Sosset, que nunca se interesaba por los asuntos ajenos, se le quedó mirando. Tan ansioso se encontraba.
Hermes, sentado frente a Sosset, estiró el cuello y miró a su compañero moreno. El excéntrico investigador hizo un gesto a Sosset y seguidamente señaló a Rain, el moreno se encogió de hombros y continuó tecleando, concentrándose en lo que fuera que estuviera haciendo. El de cabello verde miró entonces al pelinegro y elevó una ceja, se mordió el labio y jugueteó con su argolla roja antes de estirarse un poco para que Rain pudiese escucharlo.
—Eh, Rain. Cálmate un poco o partirás el teclado. —Rain gruñó una frase inentendible y continuó su trabajo, pero su malhumor incrementó cuando se dio cuenta que se había equivocado en las últimas cien líneas de código.
—Todos estamos muy alterados por lo que sucedió con el amo Karmesí, pero trata de calmarte, Córcega está con el Ángel, no le pasará nada—murmuró la voz de pajarito de Seth, a su lado derecho.
Rain los ignoró a todos. O al menos lo intentó, fingiendo estar muy concentrado en las líneas de código que desfilaban a gran velocidad en su pantalla. Hermes, que parecía ser el más interesado, torció la boca y tecleo algunos largos comandos en su teclado, seguidamente se recostó en la silla con los brazos cruzados.
—Han pasado seis días desde que se fueron—murmuró el de cabellos verdes—. Tal vez podría localizar a Iris y preguntarle si ya han tocado su punto de reunión. ¿Qué dices, Rain?
Muy bien, Hermes, por más molesto que fuera, tenía toda la atención de Rain ahora. No hizo falta que lo dijera con palabras, una simple bomba de chicle y su tronido bastaron para dar la respuesta afirmativa. Hermes sonrió y se colocó su diadema del micrófono, tecleó velozmente y a los pocos segundos, parecieron responderle la llamada.
—Iris, mi vida—dramatizó el investigador con una sonrisa—. Yo también. No. Quería saber si el amo Brighdella ya se ha contactado contigo, estamos preocupados por él.
A la mierda con el amo Brighdella, pensaba Rain, ansioso por escuchar la respuesta de su extravagante compañero, él sólo quería saber si su Córcega estaba a salvo.
Al cabo de cuatro tortuosos minutos y de escuchar frases y palabras inconexas de la boca de Hermes, Rain finalmente sintió su corazón acelerarse cuando los ojos marrones del otro lo miraron y le sonrieron. Buenas noticias, gracias al cielo. El de cabello verde le hizo una seña para que se colocara el micrófono y, confuso, le hizo caso cuando logró descifrar sus ademanes.
—Te lo comunico—murmuró Hermes y miró muy sonriente al pelinegro cuando presionó una tecla y la llamada fue transferida.
—¡Te amo! —fue lo primero que escuchó al cabo de pronunciar el consabido “Rain al habla”. Para su enorme sorpresa, era Córcega.
El cuerpo de Rain luchó entre derretirse o tensionarse al punto de quebrarse; en ambos casos la felicidad que le inundaba continuaría allí. Pero por alguna razón fue incapaz de decir nada, corresponder con palabras a algo que, ahora sabía, era lo que tanto necesitaba escuchar.
1.
Entre la densa polvareda que se levantaba frente a sus ojos y le nublaba la vista, el paisaje era desolador. Allá en la lejanía todo era desesperación y llanto. El fuego inextinguible engullía edificios y casas sin piedad, elevándose rojo, imponente como un demonio, y transformándose en un espeso nubarrón negro que oscurecía e intoxicaba el aire. Gritos desgarradores y llantos desconsolados peleaban por hacerse escuchar, subiendo cada cual el volumen a cada segundo, inundando cada recoveco, retumbando en sus oídos inextinguiblemente; dando la perfecta imagen de aquello que las personas llamaban Infierno.
Justo a su derecha, varios metros lejos de él, inalcanzable como el mismo Edén, el cielo estaba límpido y azul, y mantuvo sus ojos fijos en ese pedazo de cielo que había escapado al humo negro del incendio, porque estaba ahí, como si nada, ajeno al desorden, ajeno al dolor, ajeno a la muerte.
Orpheus pensaba que mientras mantuviera toda su atención en el reino de los cielos, estaría a salvo. A salvo del miedo, porque justo delante de él, a tan sólo cinco o seis metros de distancia, estaba el Ángel del Exterminio blandiendo su látigo tupido de estoperoles de hierro con su mano izquierda, mientras su diestra apuntaba y disparaba su arma con tanta gracia y maestría que parecían extensiones de su propio cuerpo. Los cuchillos volaban cortando el aire, clavándose en pechos, degollando gargantas y cada desdichado que se atrevía a cruzarse por su camino, acababa convirtiéndose en sólo polvo y plumas en menos de un segundo, sin siquiera saber qué le había quitado el aliento.
2.
Orpheus miró y a lo lejos reconoció su inconfundible forma de caminar y el rojo cabello jugueteando con el aire. En efecto, Karmesí caminaba hacia ellos entre el polvo y el humo con una sonrisa retorcida deformando sus bellísimas facciones. Su látigo estaba enrollado alrededor de un muchacho blanco como la nieve; con el cabello blanco, las cejas, blancas y las pestañas blancas.
Llevaba el torso desnudo y unos pantalones grises muy viejos, muy sucios y muy desgarrados por las rodillas y la bastilla. Era delgado; insanamente delgado, las piel se le pegaba a las costillas y sus clavículas se marcaban tanto que casi parecían querer salírsele de la piel. Además, los ojos hundidos en sus cuencas y las oscuras ojeras revelaban una mala salud. Bajo las tupidas pestañas, sobresalían dos iris rosas cual ojos de conejo que se debatían entre el odio y el miedo. Peleaba, forcejeaba para librarse, pero el agarre de Karmesí era firme, por lo que sólo le quedaba gastar energía inútilmente.
El Exterminador lo conducía por el camino a empujones aparentemente entretenido por la incansable lucha de su prisionero. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, el pelirrojo emitió un sonido que pretendió ser una risa y arrojó al pobre albino a los pies de Orpheus, lo señaló con su pistola y sonrió, quitándose de un manotazo los mechones de pelo rojo de los ojos, revelando por un momento que tenía vacía la cuenca derecha.
—Lo encontré—anunció con voz triunfante y su sonrisa se ensanchó, haciéndolo lucir espeluznantemente loco—. El único albino en kilómetros, Orphe. Debe ser él. —Con su arma, señaló su brazo izquierdo donde tenía una grave quemadura y varios arañazos, tanto Orpheus como la mujer que lo acompañaba, miraron la herida y después al Exterminador, quien no dejaba de sonreír—. Es una fiera.
3.
—¿Cuántos años tienes, chico? —preguntó Orpheus, cargando su arma y sacando la espada de la vaina que llevaba sujeta a la espalda.
El albino arrugó el entrecejo y sus ojos se llenaron de pasmoso miedo, pues entonces se dio cuenta que no sólo Orpheus había sacado sus armas; Hansel tenía ambos brazos estirados a cada lado de su cuerpo y en cada mano tenía una pistola: una larga de metal plateado y una más corta color bronce. Karmesí, a su lado, sujetaba su pesada y enorme pistola negra con una sola mano como si no pesara un gramo, jugueteando con varias docenas de agujas en su boca, se acomodó el cabello rojo y en un movimiento, que nadie llegó a percibir, se lo echó al hombro para cargarlo, haciendo acopio de una fuerza que no parecía tener y que consideraba demasiado irreal para sus delgados brazos humanos. Intentó resistirse, removiéndose violentamente, exigiendo que lo liberaran, pero el pelirrojo tenía demasiada fuerza.
—No te muevas o te caerás—imperó Karmesí, reacomodando el cuerpo blanco con un brusco movimiento.
—Tranquilo—murmuró Hansel a su oído—. Aunque no me lo creas, nosotros somos los buenos. Te gustará el lugar al que vamos, Mauro. Te gustará mucho.
4.
—¿Soy…somos de esos? —interrumpió el albino. Orpheus se rió divertida por lo ingenua que había sonado su pregunta.
—Claro que no—dijo, ayudándose de un movimiento negativo de la cabeza—. Estos hijos de Abel son como su padre: demasiado buenos. Tan buenos que rayan groseramente la ingenuidad, la misericordia, la condescendencia y la bondad. —Emitió un suspiro y torció la boca con disgusto—. Nosotros somos los hijos de Caín. Somos las ovejas negras de la familia, a decir verdad; pero pese a nuestra “maldad” natural y al desprecio con que se nos trata en el mundo, atraemos la Luz. Estamos maleados lo suficiente como para entender que hay cosas en este mundo a las que no te puedes enfrentar siendo buena persona. Y en la guerra, ser misericordioso no sirve.
Orpheus volvió a levantase, se paseó por la habitación y después se acercó a la cama, inclinándose tanto que Mauro fue capaz de sentir el aliento sobre sus labios, haciéndole cosquillas.
—Tú eres un Hijo de Caín. Algo más especial que el resto, por supuesto. De no serlo, no nos habríamos tomado tantas molestias para traerte hasta acá desde Italia. Los que son como tú no se dan muy seguido.
¿Desde Italia? ¿Qué acaso ya no estaban ahí?
- Mood:
sad
"an eternal bleeding heart..."
El día amaneció frío y gris, pero el cielo estaba despejado, sereno y precioso. No dormí nada cuando me di cuenta que amanecía, me duché y bebí café junto a la ventana de la cocina. De repente pensé, con la sencilla y poderosa convicción de las ideas como que "arriba" es encima de tu cabeza y "abajo" es bajo tus pies, que hoy sería un buen día.
Prendí el computador, me senté y abrí mi trabajo de Doctrinas Filosóficas. Albert Camus y su teoría del absurdo son un tema que me apasiona de hace años porque simplemente es real, porque es la corriente filosófica que más se acerca a lo que yo misma opino del mundo. Pero ese no es el tema que nos concierne acá. Terminé de escribir el documento, cuatro páginas tal y como las pidió el profesor, listas para ser leídas ante un público analfabeta e ignorante compuesto por cuarenta o cincuenta adolescentes a los que no les importa en absoluto el porqué Sísifo es más afortunado que Edipo.
Al llegar al colegio, me recibieron con un "¿y mi regalo?", dicho incluso antes de un "hola", y seguido de un "me decepcionas mucho". No olvidé su cumpleaños y mucho menos me olvidé de su regalo; simplemente no hay dinero para comprar lo que él quiere, que ciertamente no sé que es. Le pregunté por meses qué era lo que quería y me respondía con evasivas, aludiendo a que "yo ya debería saberlo"; en realidad no lo sé y no tengo idea de porqué la gente suele dar por hecho que les conozco a ese punto. Para el caso es que, intenté explicarle que no tengo dinero, que lo he gastado todo en medicamentos y consultas médicas, que he tenido problemas "acá arriba" y que me diera algunos días más para conseguir algo digno de él...no me creyó.
O tal vez lo hizo y de todas formas decidió que no era una explicación satisfactoria.
Probablemente no lo sea.
Un hecho probablemente aislado, pero él no tiene idea de a qué punto me daña, de a qué punto me hieren sus palabras. He intentado decirselo y no quiere comprenderlo.
Las personas me miran y dicen tenerme miedo. Tal vez aparento algo que no soy; sobre todo no soy esa persona fuerte ni esa persona feliz que todos, pregúntales si no me crees, creen que soy. No sé si ha sido él quien me ha puesto en este estado de ignota, pero así he estado desde ese día.
"Hay que imaginarse a Sísifo feliz", afirma Camus y quisiera creerle.
Marcha nupcial para el hijo de Caín
“El que mate a Caín, siete veces será castigado” (Génesis 4:15)
Prefacio
Azrael levantó la cabeza y se quedó anonadado: el cielo estaba enteramente negro; tan negro como los ojos de Luzbel y ni una sola estrella, ni la luna, ni nada más que los ríos de lava y fuego iluminaban la Tierra. No era una oscuridad nocturna, no era la noche lo que dominaba; era la misma oscuridad febril que había visto dominando la entrada de los infiernos, esa que te hacía conocer el miedo en su más pura forma. Pasmosa, inquietante y aterradora.
El arcángel miró el cielo, rogando porque estuviera equivocado; rezando porque no estuviera pasando lo que por tantos días había temido. Pero el cielo no se iluminaba, no aparecían las estrellas, la luna o las nubes. Mucho menos el halo celestial que los guiaba. Desvió su mirada hacia donde se encontraba Miguel, buscando, de alguna manera, que él dijera que todo iba a estar bien; porque Miguel lo sabía todo y lo podía todo. Sin embargo, él estaba completamente inmóvil, mirando a la nada mientras Rafael, a su lado, blandía su lanza y lo llamaba con la voz a cuello, tratando de hacerlo reaccionar al mismo tiempo que evitaba que los demonios se acercaran demasiado.
—No puede ser—oyó Azrael y giró el rostro hacia el dueño de la voz, era Díadel, su voz era inconfundible. Dríadel miró a su líder de coro y después miró a su alrededor totalmente perplejo, tratando de encontrar a alguien que le dijera que eso no estaba pasando. Con la lanza firmemente sujeta, levantó los brazos y, furioso, exclamó—: ¡Nos ha abandonado!
Y todos los ángeles del coro se unieron a su exclamación con distintos alaridos, como si la voz del ángel los sacara a todos de su pasmo. Los que continuaban peleando contra los demonios, decidieron que estaban demasiado ocupados para lamentarse, pero, como si una energía renovadora los envolviera, arremetieron con más fuerza contra sus oponentes. Azrael no quería creerlo, pero todo apuntaba a que efectivamente el Padre les estaba dando la espalda.
Cuando consiguió salir de su estupor, Azrael continuó peleando sujetando su espada con las dos manos. Él no sabía que era ese sentimiento que se acumulaba entorno a su pecho. ¿Sería furia? ¿Decepción? ¿Desesperación? No lo sabía y, ciertamente, no tenía el tiempo para averiguarlo. Sintiendo que el filo de su espada, cortando a los demonios, lo cortaba a sí mismo, el arcángel cerró los ojos con toda su fuerza para evitar ver el rostro de Baal, el de Astaroth y el de Zilotango en el momento que les clavó el filo de su hoja.
Era incapaz de mirar, si lo hacía no podría herirlos. Eran tres de los más hermosos ángeles. Tres de los más inteligentes, los más buenos y los mejores guerreros del coro de Rafael. Pero ahora servían fielmente a Luzbel por alguna motivación que continuaba escapando a su entendimiento. No comprendía que les ofrecía él para que decidieran abandonar el Cielo y su Luz. No sabía qué valía tanto como para abandonar al Padre y adoptar esa apariencia tan aterradora. No sabía qué podía ofrecer Luzbel a cambio o que clase de palabras engatuzadoras utulizó para convencerlos de seguirle.
De pronto se vio atrapado entre una horda enorme de demonios. Desde todas direcciones se acercaban más y más ahogándolo en un mar de vapores nocivos y alas sucias. Blandió la espada en todas direcciones, describiendo círculos, entonando un cántico para darse un poco de valor, manteniendo siempre los ojos cerrados. Él no podía ver que su hazaña había roto la formación de los ángeles caídos y que gracias a ello Miguel había podido penetrar por una brecha, dividiendo al ejército en dos y reducirlo a un puñado de contrincantes desesperados. Tampoco podía darse cuenta que su hazaña lo había alejado de todos su aliados.
Si Azrael hubiera estado prestando atención, se habría dado cuenta que detrás de él se encontraba su mayor enemigo. Si hubiera abierto los ojos, tal vez habría evitado el golpe que Belcebú le volteó con su larga jabalina y no hubiera estrellado el rostro contra la tierra, llenándose de lodo y dejándose aturdido.
Escuchó la risilla de Belcebú, pero por alguna razón, no era él quien más le preocupaba.
—Tiempo sin vernos, cariño—dijo una voz aterciopelada con tono meloso. Azrael se incorporó lentamente, pero se negó a girarse y enfrentar al demonio—. A veces tengo la sensación de que, no sé, de que estás evitándome—Azrael podía sentir la sonrisa burlona en los labios de Luzbel—. Tengo que decirlo: me haces sentir mal, yo que te quiero tanto y tú que no deseas verme
Una mano, tersa y muy suave, lo obligó a subir el mentón con un firme y tosco agarre. Intentó echarse hacia atrás para rehuir el contacto, pero el ángel caído lo estaba también sosteniendo de un brazo, impidiendole moverse. No había esperado encontrarlo en esa batalla; no había querido encontrarlo y entonces se dio cuenta que había sido muy tonto de su parte creer que no iba a estar buscándolo. Era cierto que había estado evitando ese encuentro durante toda la guerra, había relegado a Miguel —y este, a su vez, la había relegado al resto del ejército— la tortuosa misión de enfrentarse al traidor, porque dolía. Dolía demasiado.
—Tú tienes algo que es mío, Azrael—dijo. Su voz ahora se encontraba junto a su oído. Luzbel abrió la boca entorno a su cuello y lo mordió, enterrándole los largos colmillos; la sorpresa y el dlor lo obligaron a abrir los ojos que hasta ese momento se empeñaba en mantener cerrados—, y este universo es demasiado pequeño para que puedas huir de mí.
Luzbel lo soltó y le dio un empujón con el pie, haciéndolo caer de espaldas contra la tierra cubierta de cenizas y lava seca. Lo miró, clavándole sus nuevos y temibles ojos de fuego, y tras un tiempo que pareció una eternidad, extendió su larga y afilada espada recta, clavando la punta justo en el medio de su pecho. Azrael gimió, pero al menos fue capaz de sostenerle la mirada y mantenerla ahí pese a que el arma se enterraba en sus carnes.
Él no estaba acostumbrado a sentir. Los ángeles eran seres etéreos hechos de la propia divinidad de Dios. Eran Luz vuelta materia y entre lo poco que sentían, no había nada comparable con el dolor, el rencor o la soledad. Sin embargo, ese era uno de los castigos del Padre: la capacidad de sentir como los humanos sentían y, admitía, era horrible.
—Devuélvemela—exigió Luzbel con los dientes apretados y los ojos tan estrechos que parecían finas rendijas por las que se filtraba una luz roja.
—No sé de que hablas—consiguió decir con un jadeo ahogado.
—¡No me tomes por estúpido! —rugió el demonio, describiendo un profundo tajo en el pecho del arcángel— ¡Quiero MI Luz!
Azrael intentó no gritar, pero no lo consiguió. Tambaleándose, se puso de pie, extendiendo su propia espada hacia Luzbel dispuesto a enfrentarlo. No podía desaparecer. No podía permitir que se le destruyera.
—Tengo que cuidar de ellos—pensó al tiempo que evitaba el primero de los ataques del demonio.
Luzbel no volvió a hablar durante todo el tiempo que se mantuvo atacando a diestra y siniestra. Sus espadas lanzaban chispas blanco-azules con cada azote y ambos tenían heridas abiertas por todo el cuerpo. El arcángel se dio cuenta que, a diferencia suya, de las heridas del demonio brotaba una especie de sangre que más bien parecía espesa lava negra. Volvieron a atacarse y tras un minuto de forcejeo, Azrael logró desarmar a su oponente, pero este estaba lejos de querer darse por vencido
Con un gruñido, se lanzó sobre el arcángel y le soltó una serie de acertados golpes y patadas con los que consiguió dejarlo igualmente desarmado. Peleando en el aire, con sus alas extendidas, se hicieron un nudo con los brazos, forcejeando y gruñéndose como bestias en combate. Rodaron por el aire y cayeron en picada hacia la tierra dura, estrellándose y abriendo un profundo cráter.
—¿Porqué peleas? —preguntó Luzbel con tal sonrisa que daba la impresión de que ya sabía la respuesta a su pregunta—Los humanos no valen todo este sacrificio tuyo. Dios te ha abandonado, Azrael. Pese a todo lo que has hecho para mantenerlo contento, él te ha dado la espalda.
Ignoró su provocación, manteniendo el rostro inexpresivo y los ojos, calculadores, clavados en cada uno de sus movimientos y gestos, tratando de predecir qué sería lo que haría a partir de ese momento. Pero inesperadamente, vio como las uñas del demonio crecían hasta formar largas y afiladas navajas negras que salían de sus dedos. El demonio sonrió y se lanzó contra él con un aleteo, agitando el aire a su alrededor y provocando un fuerte ruido, parecido a una explosión.
Sintió los arañazos en el cuerpo. Sintió cuando las largas uñas se clavaban en sus costados a través de sus costillas. Intentó alejarse, lanzó golpes ciegos para librarse, pero nada conseguía separar a Luzbel de él. En algún momento, el demonio se había posicionado a su espalda, aplicándole una traba y pegando sus labios a su cuello, lo recorrió hasta el lóbulo de su oreja con la lengua, áspera y seca.
—Cuando termine contigo, Azrael, todas las penas del Infierno te parecerán el Paraíso.
Luzbel deslizó su mano por el medio de su espalda y luego subió por su costado hasta dejarla reposar en la base de sus alas. Se debatió con todas sus fuerzas, gritó, pidió ayuda e incluso lanzó varios cientos de rayos de luz que no llegaban a tocar a su captor; pero Luzbel sólo reía mientras llevaba su caricia hacia las plumas suaves. El demonio rió bajito, justo junto a su oído y después el dolor le nubló toda la razón.
Podía sentir dolor y no cualquier clase de dolor; Luzbel le había arrancado de tajo su ala derecha y el dolor era tan inmenso que lo único que se abrió paso por su garganta fueron continuos alaridos agónicos. Un escalofrío le recorrió todas las extremidades e hizo languidecer sus piernas, que de pronto se vieron incapaces de sostener su peso, llevándolo a azotar las rodillas en el suelo. Se llevó las manos a la espalda, sintiendo los ojos arder, la cabeza explotarle y a su Luz escapar por la herida. Luzbel sonrió y se llevó una de las plumas al rostro, oliéndola y escuchando con una mezcla repugnante de placer y encantamiento lo gritos del arcángel.
—Vamos, vamos...grita un poco más alto, que Miguel te escuche—se burló el demonio, inclinándose hacia el arcángel y pegando sus narices con una sonrisa retorcida en los labios, contemplándolo sufrir.
—Oh, Dios…—gimió el arcángel con un sollozo lastimero, sintiendo que sangraba y no precisamente sangre. Su Luz, su preciada Luz lo abandonaba y no había forma, al menos no se le ocurría ninguna, para evitarlo—. Padre, no me hagas esto…no me abandones ahora.
Luzbel soltó una carcajada para, acto seguido, obligarlo a ponerse de pie jalándolo de los brazos. Lo sacudió y exigió, con voz furiosa y amenazante, que le devolviera aquello que le había arrebatado. Pero Azrael no lo estaba escuchando; el grado de dolor era tal que estaba cayendo en la inconsciencia. Literalmente, le habían arrancado no sólo un miembro de su cuerpo, sino un pedazo de su propia alma. No quería dejarse llevar por la inconsciencia, pues sabía que si se desmayaba, moriría ahí mismo, pero tampoco tenía la fuerza para continuar peleando.
Rezo, pese a que sabía que el Padre no lo escuchaba. Pese a que sabía que sería ignorado, rogó por un milagro. Escuchó la voz del demonio en la distancia, como si se hubiera alejado muchos estadios de él, pero lo tenía muy cerca, lo sabía porque podía oler el aroma a azufre y muerte que ahora caracterizaba a todos los ángeles caídos. A todos los traidores.
—Suéltalo, Lucifer—musitó una voz en la lejanía. Intentó reconocerla, pero no pudo.
—Oh, Miguel, querido. Sabía que llegarías en cualquier momento—rió la pastelosa voz hipócrita de Luzbel y eso fue lo último que escuchó antes de ser vencido por la inconsciencia.
Ni un solo sonido se escuchaba.
No había amanecido, no había luna y una densa oscuridad, que lentamente fue convirtiéndose en un tenue resplandor azulado, lo recibió al abrir los ojos. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente y mucho menos tenía idea de cómo era que continuaba vivo. Alarmado y recordando a Luzbel, se puso de pie de un brinco, descubriendo que su ala derecha había desaparecido pero que la herida estaba cerrada, solo una punzada de dolor le palpitaba en el sitio. Descubrió, con una creciente angustia apretujándole las entrañas, que sus miles de aliados habían desaparecido y sólo la tierra tapizada de plumas quedaba como prueba de su antigua existencia.
Bajo sus pies y en todos los derredores había plumas blancas, plumas negras y plumas chamuscadas y sucias. En todas direcciones, en todos los rincones, había miles de bolas de luces que se expandían y contraían como un debilitado pulso, flotando en el aire. Algunas de ellas, las que tenía más próximas, le acariciaron la piel y en su interior escuchó las distintas voces de su coro de ángeles, de sus amigos, despidiéndose antes de volverse diminutas partículas de luz que el viento hacía desaparecer.
—No…—susurró, llevándose las manos a la cabeza.
Escuchó un sonido cercano. El sonido de pies removiendo la tierra. Giró velozmente sobre su eje, quedando de frente con Miguel, que se tambaleaba entre los árboles del bosque y sostenía con mucha fuerza su espada. El arcángel tenía los ojos crispados y miraba hacia todas direcciones como queriendo encontrar al culpable de todos sus horrores, sin darse cuenta de que Azrael estaba delante de él.
Azrael no supo bien porque, pero una inmensa alegría se disparó desde algún lugar dentro suyo hacia todas sus extremidades al ver al General, dándole la suficiente fuerza para correr hasta el rubio y abrazarlo con toda la fuerza de la que disponía. El arcángel se sorprendió por la exagerada reacción de su compañero, pero la impresión lo mantuvo inmóvil momentáneamente, aceptando el abrazo.
—Miguel…—empezó a decir, pero el arcángel lo separó de sí con delicadeza y forzando una sonrisa tranquilizadora.
—No tengo mucho tiempo—dijo, mirando hacia atrás y a los lados como si deseara comprobar que no había nadie cerca—. Me alegra mucho que estés vivo, Azrael, pero tengo que irme…
—¿Irte? ¿Luz…?— Azrael calló cuando el gesto de Miguel se vio atravesado por el dolor y su puño apretó la espada con tanta fuerza que la mano blanca se enrojeció. El rubio, intentando mostrarse orgulloso, desvió la mirada a un lado y levantó el mentón para que su compañero no pudiera ver sus ojos entristecidos.
—Ha sido enviado al Infierno—dijo y se separó dos pasos hacia atrás, dándole al tiempo la espalda. No lo había dicho directamente, pero el otro sabía que el significado real de sus palabras era “YO lo envié al Infierno” —. Y tú has sido exiliado—agregó tras un breve silencio.
—No…—Sintió que la frase lo abofeteaba y eso fue todo lo que atinó a decir—. No es cierto.
—Si te vas ahora, Azrael, podré decir que huiste y estabas muy lejos del alcance de mi espada.
—No…Miguel…no puede, Él no puede hacerme esto. ¡¿Qué será de mí?!
—Rafael y los demás llegarán en cualquier momento, ellos están buscándome. Vete ahora.
Azrael dio lánguidos pasos hacia atrás. Quería correr, sí. Quería huir, sí. Pero no sabía a dónde, no tenía a donde. Tampoco sabía si no era mejor quedarse ahí, en la Tierra, revolcándose en su miserable existencia o permitir que Rafael lo ejecutara. Pero justo todos esos pensamientos saturaban su mente, cuando Miguel volvió a darle la cara y en su rostro, normalmente rígido, se perfilaba la indudable súplica. El rubio arcángel se acercó al otro, le tomó la mano y la estrechó con fuerza, le besó el dorso y después le clavó los ojos enajenados de dolor.
—Hoy he perdido mucho, Azrael—dijo el General con la voz vuelta un susurro—-. No me provoques más dolor. No me hagas sufrir más. No deseo perderte también a ti.
—No tengo a donde ir.
—Hoy han caído más ángeles que nunca—dijo Miguel, aparentemente sin haber escuchado el acongojante lloriqueo de su antigua mano derecha—. Se han vuelto demonios, han seguido a Luzb…—inhaló aire y lo soltó lentamente antes de continuar—: a Lucifer en su exilio. Su Luz ha tapizado este mundo como las plumas de nuestros compañeros han tapizado la tierra.
Miguel calló de repente, frunciendo el ceño y dándole un fuerte empujón en el hombro para alejarlo. Se giró y extendió sus alas en toda su blancura y esplendor, aparentemente dispuesto a irse en cualquier momento. Azrael se sintió desesperado, sintiéndose abandonado a la deriva ya desde antes de que el rubio se fuera. Quería pedirle explicaciones, quería abrazarlo, quería pedirle que no lo abandonara en el mundo humano…que no lo dejara solo. ¿Porqué él, él que tanto había dado al Padre, había sido el único castigado? ¿Porqué él, que había descubierto la traición de Luzbel era el único que no volvería al Cielo? ¿Porqué él, que no había hecho más que hacer lo mejor para los humanos? Pero el General emprendió el vuelo en el mismo momento en que la inconfundible voz de Rafael—el estremecidor alarido de guerra que tenía por voz— gritó su nombre.
—La Luz te ayudará, Azrael. Búsca la Luz, busca al que fue perdonado siete veces y te prometo que todo estará bien.
Azrael vio a Miguel alejarse hacia el encuentro con los cinco arcángeles que lo buscaban. Permaneció en su sitio, inmóvil, esperando a que el rubio volteara y lo mirara una última vez, pero no lo hizo. Cuando detuvo el vuelto delante de los otros cinco, los ojos de Uriel se encontraron con los suyos. El arcángel de cabellos cobrizo elevó las cejas con sorpresa, pero después sonrió y con un movimiento bien disimulado de la mano, le indicó que se alejara.
Uriel agitó las alas para evitar que Rafael mirara al pequeño Azrael y este aprovechó para obedecer y escabullirse entre los árboles. La oscuridad continuaba dominando sobre su cabeza y ya no había más brillo celestial que le iluminara el camino. Sus ojos sólo percibían la Luz de sus amigos que continuaba flotando por entre los árboles y altos arbustos. No habría deseado mirarlas, pero no tenía más iluminación que esa y sabía que de otra manera no encontraría el camino…
¿El camino a dónde?
Corrió por el bosque a toda la velocidad que le permitían sus debilitadas piernas. Se sentía extraño, quizá era eso lo que los humanos llamaban debilidad, lo que los humanos llamaban cansancio, lo que llamaban enfermedad. Él conocía mejor que ningún otro ángel a los humanos y los amaba tal vez más que ningún otro, pero eso, sentir en todo el estricto sentido de la palabra, no era algo a lo que estuviera acostumbrado y era abrumador.
Su única ala se atoró en un espinal, clavando las largas púas en el cartílago. Se debatió para librarse y con un jalón logró hacerlo. Una punzada horrorosa le atravesó el pecho, la respiración se le dificulto y por su garganta subió una sensación que no cabía en ninguna descripción. De pronto, los ojos le dolieron y los sintió inundados de algo comparable a las lágrimas, pero que no terminaban de serlo. Azrael sabía que él no podía llorar, pero tal vez las partículas de Luz dorada que desprendían sus ojos, eran las lágrimas de los ángeles
No importaba, de todas formas.
Tan concentrado estaba en todas esas nuevas y terribles sensaciones y experiencias que no reparó en el momento en que un alto roble se cruzó en su camino. Lo notó sólo hasta que se estrelló contra él y el impacto lo hizo caer al suelo. Una punzada de dolor le recorrió toda la espina dorsal como una corriente eléctrica y gotas de su sangre celestial volvieron a brotar de la herida. Su única ala se azotó fuertemente contra la tierra, levantando una nube de polvo, ensuciando las blancas plumas.
Ni siquiera hizo ademán de intentar levantarse de nuevo. Se sentía abatido, derrotado. No tenía a dónde ir ni una razón para continuar vivo y por primera vez se preguntó si no habría sido mejor pedirle a Miguel que lo ejecutara como, seguramente, eran los deseos de Dios. Se llevó las manos al rostro y lo cubrió completamente, ahogando sus sollozos contra las palmas.
¿Qué iba a hacer a partir de entonces?
La Luz de cada uno de los ángeles caídos, esa Luz que los llamados demonios habían abandonado, levitó sobre Azrael con lentitud armoniosa. Abundaban las blancas, pero entre ellas había algunas pocas rojas, contadas azules y una sola verde. Se expandieron y contrajeron en su pulso tranquilo, como el pecho de un bebé dormido.
En aquel momento Azrael no se dio cuenta que no estaba solo. No pensó bien el significado de las palabras de Miguel porque estaba demasiado asustado, demasiado triste y demasiado desesperado. Pero con el tiempo descubrió que aún tenía mucho por hacer.
- Mood:
anxious - Music:The Last Song - X Japan
A eso de las 12:50 p.m. debe terminar de leer el libro del Popol Vuh, hacer un análisis y entenderle lo suficiente para exponer sus ideas. A la 1:40 p.m. toca clase de Psicilogía en la que Nekane debe leer sobre el tema de Memoria y entenderle lo suficiente para participar en clase y que el profesor considere en aumentar la calificación que tiene de 4 a un 6 (Nekane se corta las venas). Toca después una hora en Mediateca en que Nekane debe leer un libro en inglés y comprenderle. Después debe ir a la clase de Inglés.
Historia del Arte es un descanso...claro...hasta el momento en que el profesor sonríe y dice "¡exámen!". Después debe terminar todas y cada una de las tareas que ha ido retrasando para entregárselas a la maestra de Introducción al Estudio de las Ciencias Sociales y Económicas...para eso tiene solamente una hora.
Luego hay hora libre ¡wiiiii!
Y es entonces que la hora se termina y Nekane no hizo nada...
8:20 p.m. Pensamiento Filosófico Mexicano...dos horas.
Nekane sale de la escuela a las 9:10 p.m. hace una hora y treinta y dos minutos de camino a su casa. No cena porque está a dieta (¬¬), se sienta en la computadora a hacer su tarea de Matemáticas y descubre que aún debe leer 13 libros, hacer un ensayo sobre Alejandro Magno, un trabajo de investigación para Sociales y dibujar a tres tipos para completar un retrato...
¿Qué pasa entonces?
Nekane se da cuenta que reprobará Matemáticas (again), se irá a extraordinario de Química y sus esperanzas de graduarse se van al caño...justo en ese momento, decide escribir esta entrada y decir que no le verán ni el mugre polvo en un buen rato.
Al menos hasta que su rutina cambie y tenga un poco de tiempo para vivir.
Así que, ya sé que les debo nuevo capítulo de Corazón de Hielo, créanme que he estado haciendo mi más grande esfuerzo para terminarlo. Ya sé que falta mucho por contar en Traidores, en Cenizas y Nieve y Crónicas del Infierno. También faltan 25 capítulos del Edén de mi sueños y tengo retos incompletos pululando por ahí.
Mi co-autor de Maimakterion va en el mismo salón que yo, así que pueden imaginar que su rutina es igual a la mía. Por ende, el fic permanecerá en hiatus eterno (¬¬ culpa de él).
Sobre Dear Life, hemos decidido continuarlo, cada doce del mes encontrarán un nuevo capítulo on-line en su perfil de Amor Yaoi y en el mío de Fanfiction.net, sin embargo, este es el único caso que tendrá actualizaciones, por lo demás, permaneceré inactiva al menos hasta las vacaciones de verano en que sabré mi futuro: si me gradúo o no.
Hasta entonces, espero que comprendan mi situación.
Un beso muy grande.
Nekane.
Como siempre, trayéndoles las noticias atrazadas, pero en finm por ahí dicen que más vale tarde que nunca ¿no?
Antes que otra cosa quiero informarles que el fanfic Dear Life del fandom de Gravitation y que estoy escribiendo al lado de la lindísima autora yuukiyuki ya está on-line. Pueden encontrarlo en Fanfiction.net en mí perfil o en Amor Yaoi en la cuenta de mi co-autora.
También ya publiqué un nuevo one-shot, un regalo de Navidad para mi amiga Haru kurosaki, que se titula Del silencio y una risa con la pareja Milo x Camus de protagonista.
Y bueno, ya estoy casi finalizando el siguiente capítulo de Traidores, probablemente lo termine para antes de Navidad.
Y en fin, creo que de buenas nuevas eso es todo.
Para el año qu se nos viene tengo varios proyectos nuevos. Aparte de, ya por fin, finalizar Corazón de Hielo, por fin Mapache se ha puesto a trabajar en Maimakterion. Continuaré co-escribiendo Dear Life y trataré que mi muso siga con Divinos Secretos. Traidores, por supuesto, debe continuar y Cenizas y Nieve igualmente seguirá adelante.
Para futuros proyectos, como ya había mencionado en algunas entradas pasadas, tengo muchos en mi cabeza, pero no quiero echarme nada nuevo al traste hasta no haber terminado con los proyectos que ya se están escribiendo.
En fin, que corta entrada...pero creo que eso es todo.
Ya sé, ya sé, no he actualizado y merezco la muerte U___U, pero en fin, no vine a ponerles ningún pretexto, porque no tengo ninguno convincente. Podría decirles que si la escuela, que si el estrés...pero bueno, no creo tener nada digno de contarse, sólo que ahí voy, lento...muy lento, pero el caso es que voy...xP
Por ahora quería informarles que:
1. Crearé una nueva cuenta en Amor Yaoi bajo el nombre: Nekane_Lawliet. Si, es exactamente lo mismo sólo que con el guión bajo, jaja (qué original), aún no creo esta cuenta, pero si no me secuestran los extraterrestres, para el domingo ya la tendé lista con el fic de Cenizas y Nieve actualizado en ahí.
Mis one-shots de la vieja cuenta estarán ahí, pero si desean enviarme comentarios y que se los conteste, lo haré vía MP ;D.
En mi blog podrán encontrar el link a las dos cuentas =)
Con respecto a Maimakterion, el buen Mapache tiene bloqueo de escritor y ni un gramo de ganas de continuar. U__u eso me entristece porque era un proyecto al que le tenía muchísimas ganas, pero en fin, no puedo hacer nada salvo esperar a que renuncie definitivamente.
2. El edén de mis sueños tiene nuevo capítulo, esta vez con el tema: "Misterio sin resolver" y que es contado desde el punto de vista de Dohko xD, el buen maestro tenía que hacer su aparición, lo siento, es inevitable. ¿Quién le manda ser tan increíblemente bello?
3. También estoy en...¿qué será? 40 o 45% de avance en el nuevo capítulo de Corazón de Hielo. Lo sé, muy poco. Es un capítulo difícil y el proceso me ha costado mucho trabajo =S. Después de borrar-escribir, borrar-escribir, decidí dejarlo un tiempo en reposo para no forzar las escenas y que queda tal como lo deseo. Tengan paciencia.
Y finalmente:
4.Con una buena amiga se está creando un nuevo fanfic que se titulará Dear Life, del fandom Gravitation. Estoy muy emocionada porque es la primera vez que me animo a escribir algo no relacionado con Saint Seiya y espero realmente que sea de su agrado.
La historia va, basicamente, de cómo, luego de tener una fea discusión tras un concierto, Shuichi desaparece y Yuki, desesperado por no encontrarlo, sufre un accidente. Cuando Yuki despierta, se encuentra en el hospital y parece que el accidente lo dejó en coma por dos meses; Shuichi no esta, se ha ido y nadie sabe o quiere decirle a Yuki a donde se fue. La pregunta del millón de dólares es: ¿Qué hará Yuki a partir de ahora?
Altas dosis de Angst, incluso para mí. Y muchas otras advertencias que hacen de éste escrito estrictamente para mayores de 18 años. xP
No tengo una fecha oficial de publicación, mi co-autora y yo estamos trabajando muy duro en su creación y revisamos como locas enfermas marihuanas cada maldita palabra para asegurarnos de que todo esté tal cual lo deseamos. Pensamos publicar hasta que tengamos, al menos, tres o cuatro capítulos listos.
Esperenlo ;D
Bueno, sin más noticias yo me retiro que son 12:20 p.m y yo tengo clase a las 12:30 xDD
Besos!
El personaje de Luka aparece por primera vez, mencionado en el capítulo "Pastel de Fresa" y aquí ya hace una aprición más formal ;) pronto sabremos qué fué a hacer en éste episodio al Santuario, pero antes de eso, tendrán que leer dos capítulos.
Traidores
Capítulo 8. Aprendiendo a volar
En la época en que Shion había sido el Santo de Aries, el Santuario de Athena se encontraba muy lejos de la ciudad de Atenas que, en ese entonces, no era tan grande como lo era en la época actual. Debido al crecimiento de la población, Rodorio tampoco era un tranquilo pueblecito, ya era más un suburbio urbanizado, con altos edificios y comercios concurridos.
—89…90…91…92…
Era por eso que el campo de energía que rodeaba todo el teménos a veces no era suficiente para evitar que algún despistado turista cruzara los límites establecidos. La barrera activada por Athena hacía siglos y reforzada por el Patriarca, servía para anunciar y debilitar al enemigo, pero con personas civiles, era totalmente inútil, así que un guardia o caballero les invitaba, amablemente, a volver por donde había llegado.
—93…94…95…96…
Sin embargo, las visitas de aquel día no era ningún grupo de turistas distraídos, sino que era una nutrida hueste guiada por Luka de Dragón Marino. Había penetrado los límites del Santuario con la misma confianza de quien entra a su propia casa. El general marino y sus quince guardias, enfundados en armaduras de color negro, se habían desplegado en dos filas en la entrada que provenía desde el límite de Cabo Sunión, exigiendo una audiencia con el Patriarca.
Los guardias, intimidados, habían corrido al encuentro de Shion y le habían informado algo que él ya sabía e, inmediatamente, envió a llamar a su Consejo de Guerra.
—97…98…99…
Luka era un hombre muy joven que no pasaría de los veintitrés años de edad y a leguas se notaba que era el más joven entre sus hombres, había más de uno que le aventajaban muchos años. Sin embargo, se movía con tanta confianza y tenía tal aire de poder, que nadie dudaba que fuera un guerrero de alta categoría.
Los marinas de Poseidón habían avanzado por las Doce Casas en completo orden, sus hombres, enteramente disciplinados, habían dejado a más de un soldado y escudero con la boca abierta y, en cuanto estuvieron a las puertas del Templo Principal, el Patriarca Shion, Janick, Jared, Emmet, Sid, Orfeo, tres amazonas de plata, Senmut y Nehesi se habían reunido para saber el motivo de aquella intrusión.
Y el que los mayores estuvieran tratando tales asuntos a puertas cerradas, significaba que todos los aprendices tenían el día libre.
—¡CIEN!
Exclamó Aioros con voz alegre, separando su cuerpo del árbol contra el que había estado apoyado, esperando a que sus amigos buscaran un lugar donde esconderse. Giró sobre sus talones y tras un breve vistazo, frunció el ceño y cruzó los brazos sobre el pecho, muy enfadado.
—¡Saga, Kanon! —exclamó con la voz en cuello— ¡NO SE VALEN LAS ILUSIONES! —había apretado los puños y azotado un pie contra la tierra, indignado. Aunque, si lo pensaba bien, los gemelos habían prometido no atacar ni cambiar de escondite usando su Next Dimension…pero nadie había dicho nada respecto a las ilusiones —. ¡SAGA! —vociferó con los nervios crispados y los árboles frente a él volvieron a la normalidad.
- Music:Lady in black - Theatres des vampires
OK, díganlo, soy una dramática, jaja. En fin, tal parece que tendré que crear una nueva cuenta o algo así, ya les iré avisando, por ahora, les dejo un nuevo spoiler, esta vez para el fanfic yaoi Cenizas y Nieve.
Este capítulo ya esta finalizado, pero mientras decido qué hacer con mi cuenta, permanecerá entre mis carpetas.
Cenizas y Nieve
Capítulo 2. Cosas que nos unen
—Estás tan ebrio que me da vergüenza el sólo mirarte, Milo. ¿Cómo fue que llegaste vivo hasta aquí?—dijo Kanon con voz asqueada, lo que no contrastaba con la preocupación en sus ojos.
—Ve y tómate por el culo—gruñó, arrastrando las palabras e intentando ponerse de pie.
Kanon permaneció quieto, con los brazos cruzados mientras observaba al otro griego en sus vanos intentos por incorporarse. Realmente no sabía bien como actuar; intentar ayudarlo significaba pelea, abrir la boca y decir cualquier cosa significaba pelea, el geminiano comenzaba a pensar que respirar el mismo aire significaba, para Milo, motivo suficiente para echarle la bronca a cualquier osado.
Derrotado, enfadado y sintiendo las ganas irrebatibles de darse a los golpes con el gemelo, se sentó con la espalda pegada a la columna fría de mármol, mirando al mayor con una mirada retadora; pero él no parecía querer darle motivos para ello, por lo que decidió tomar el primer pretexto que se le cruzó por la mente para instarlo a pelear.
—¿Qué tanto me admiras? ¿Quieres comprobar que no sólo mi Aguja Escarlata es capaz de perforarte hasta las lágrimas? —escupió con la voz rota por el alcohol ingerido.
El mayor lo ignoró completamente, manteniendo su postura erguida y dirigente, negándose a ceder ante sus provocaciones, pero Milo era necio como sólo él y tampoco estaba dispuesto a marcharse sin saciar su sed de violencia.
—¿Qué se siente, Kanon? —le dijo con una sonrisa mordaz, recargando la espalda en la columna para que ésta le ayudara a levantarse, cosa que consiguió apenas— ¿Qué se siente estar aquí como el bastardo que eres, besándole los pies a Athena? Fingiendo ser Saga, corriendo como perrito faldero cada que ella chasquea los dedos, cumpliéndole los caprichos porque su lindo Pegaso ahora esta más muerto que vivo ¿Te hace sentir bien; usar su armadura y pasearte con su puto rostro estampado en la cara? Jamás podrás ser Saga. Él era lo que tú nunca serás…
—¡Ya cállate, idiota! —exclamó con las manos empuñadas y los dientes tan apretados que de pronto la boca le supo a sangre. Él hizo su intento, pero Milo podía llegar a ser terriblemente irritante cuando no ponía filtro a sus palabras.
—¿La verdad te duele? —le escupió, levantando el mentón con altanería—¿Idiota yo? —rió atronadoramente y luego entornó los ojos, dirigiéndole una mirada cargada de un rencor que realmente Kanon no producía y que, sabía, no debería descargar sobre él, pero ya estaban en ese punto y ninguno de los dos acostumbraba retroceder— ¡Tú lo eres mucho más que yo al fingir que todo va de maravilla en este sitio! —iba a extender los brazos para enfatizar sus palabras, pero otro mareo y las nauseas lo hicieron callarse y tomar una gran bocanada de aire.
—¿Y qué debo hacer entonces, Milo? ¿Embriagarme a diario y tener sexo con cualquiera que me de las nalgas como tú? —rió con sarcasmo y rompió con la distancia entre él y el otro Santo de Oro, izándolo por la camisa blanca que llevaba ese día hasta quedar tan cerca que podían sentir sus respiraciones agitadas y entrecortadas contra la piel de sus rostros—¡Mírate! ¡Eres patético! ¡Sin luchar, sin participar! ¡Sin darte respuesta! Tienes razón, Milo, soy muy poca cosa, mi hermano debería estar aquí, no yo ¡Eso lo sé mejor que nadie!
Sintiendo que si no se alejaba del Escorpión, realmente iba a molerlo a golpes, Kanon lo soltó con un empujón que hizo que el griego estrellara su cabeza contra el pilar que tenía detrás. Se alejó unos pasos y lo miró con rabia, maldiciendo porque el otro no estuviera en condiciones de levantarse e iniciar un duelo. Respiró profundamente para tranquilizarse, recolocó los pliegues de su capa blanca y se acercó nuevamente al escorpión celeste, inclinando el cuerpo hasta que sus ojos se encontraron.
—Yo soy escoria, dime algo que no sepa ya—entornó los ojos, pegando sus narices y Milo se encogió en su sitio, atemorizado—. Pero tú…das asco de lo patético que eres, en ti no hay más orgullo, ni distinción; te has vuelto egoísta porque sólo piensas en ti y en tu dolor. ¿Quieres a Camus de regreso? Embriagarte hasta no saber ni quién eres no te hará olvidarlo ¿Extrañas entrarle por el culo? Portarte como una puta y abrírselas a cualquiera, así como metérsela a cualquiera, tampoco saciará tu deseo por él—gruñó, pegándose más a su rostro y entrecerrando los ojos, clavándoselos como si pudiera atravesarlo de lado a lado— ¿Qué te crees, mocoso? Ese novio tuyo no va a volver, está tan muerto y tan condenado como mi hermano y ahí se van a pudrir hasta el fin de los tiempos.
—¡Cállate! ¡No hables de Saga! ¡No nombres a Camus! ¿Cómo te atreves a pronunciar sus nombres con tu sucia lengua? —pero Kanon sólo soltó una carcajada ladina, echando la cabeza hacia atrás y colocándose las manos en la cadera.
—¿Qué te pasa? ¡A mí no me asustas con tu falso orgullo! No temo a seres débiles y pobres de espíritu como tú ¡Me causan lástima!
Un spoiler muy extenso, pero en fin, ahí lo tienen ;)
- Location:Aún en la cama
- Music:Still Doll - Kannon Wakeshima